Hay un soroche en mi alma
que no anuncia ninguna altura.
Llega antes del paisaje,
antes incluso de saber
que algo va a faltar,
como un desajuste leve
entre el latido y el mundo.
No es dolor.
Es una ausencia que insiste
sin haberse ido,
una falta de aire
en aquello que más recuerda.
Así permanecen ciertas presencias:
no pesan,
no reclaman,
pero cambian la forma
en que se vive.
Habitan los pliegues más hondos
de la piel y de la memoria,
donde respirar es aprender
que no todo lo invisible
quiere marcharse.


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